sábado 20 de marzo de 2004

Más que unos meros bandidos Mito y realidad de los Pincheira (1817-32)

En su libro Los Pincheira, un caso de bandidaje social, la historiadora Ana María contador plantea que esta banda no puede ser considerada un caso de criminalidad rural pura, sino que tenía otras implicancias, como la política.

Por Piero Castagneto

 

 

Que la realidad supera a la ficción y puede ser más interesante que ésta, es una verdad que constatamos frecuentemente, y nos lo prueba, una vez más, la mal hilvanada y peor justificada trama de una teleserie de moda, que parasita de un episodio remoto que aún permanece grabado en el inconsciente colectivo. La historia de la banda de los hermanos Pincheira aún nos llega como eco surgido de las más profundas entrañas del campo del centro-sur chileno, a 180 años de sus correrías, como una aparición fantasmagórica de personajes que alguna vez fueron de carne y hueso.

Al margen que sea digerible o incluso disfrutable para muchos, la trasposición televisiva difícilmente será fiel a hechos que tienen su explicación y raíz en lo más profundo del ser campesino nacional. La familia de los Pincheira no aparece porque sí, al estilo de una cinematográfica irrupción en pantalla, sino que son una consecuencia, una desembocadura de una larvada rebeldía de caracteres que se negaban a vivir de la tierra, bajo el régimen paternalista y opresivo de los patrones de las grandes haciendas.

Paso previo al bandidaje fue el vagabundeo, la transhumancia de cientos, miles de campesinos de la época colonial, que preferían rodar tierras y aprovechar las oportunidades de trabajo que hubiera en las zonas por donde encaminaban sus pasos. Los que se negaban a ser inquilinos o empleados permanentes de un hacendado, cual siervos de un señor feudal, se convertían en peones o trabajadores ocasionales y errantes, siendo una de las manifestaciones más típicas de la cultura rural y mestiza chilena.

Lo paradojal es que el carácter insumiso de mucho de éstos no se manifestó tan fuertemente durante el largo período de dominación hispana, como una vez iniciado el proceso de la emancipación. Por ejemplo, en 1813, en tiempos de la llamada Patria Vieja, los nuevos gobernantes decidieron realizar un censo, medida muy acorde al espíritu ilustrado y racionalista que los animaba; pero en el campo, la reacción de muchos fue huir, esconderse, con tal de no quedar registrados, y por ende, bajo el control del sistema oficial.

Otros se negaban a responder las preguntas de los censistas; era el preludio, coincidente con los albores de la República, de lo que el historiador José Bengoa considera como la única insurrección masiva que ha conocido el país en toda su historia. En ella, este autor no puede sino reconocerle un papel prominente a la banda de los hermanos Pincheira.

 

Caldo de cultivo

 

Si la sola mención de esta familia bandolera tiene aún hoy resonancias siniestras, es porque fueron una verdadera bestia negra para el nuevo oficialismo republicano que se instauró en nuestra tierra después del triunfo del bando patriota en las campañas por la Independencia. Sí, porque la horda liderada por estos hermanos no era una mera masa de bandoleros sin Dios ni ley; por el contrario, fue uno de los tentáculos más difíciles de doblegar del empecinado pulpo realista, que vendió cara su existencia en América.

Después del triunfo patriota en la batalla de Maipo del 5 de abril de 1818, el ejército realista quedó destrozado al punto de que no pudo presentar nunca más batalla formal. Sin embargo, ello no significó el fin de la resistencia; huídos estos restos a la zona sur, se dieron una nueva forma de organización, un poco a la usanza de las guerrillas españolas que habían combatido ferozmente a Napoleón.

Encabezadas por jefes valerosos a la vez que despiadados como Vicente Benavides, las guerrillas realistas del sur chileno eran una heterogénea y temible mescolanza de ex soldados, campesinos, peones, indígenas y simples delincuentes, que llevaban a cabo acciones de hostigamientos contra pueblos o haciendas que se hallaran en manos patriotas en ese momento. Su fin no era sólo combatir el enemigo, sino también la destrucción de sus bienes, el saqueo, el pillaje y el rapto de mujeres.

Además, estas bandas se movían en un terreno adecuado, ya que gran parte de la población de la zona sur seguía sintiéndose fiel a la corona de España. Así lo constatan testimonios como el que dejó el comerciante norteamericano J.F. Coffin, quien vivió en el área de Concepción, Talcahuano y el interior de éstas, entre 1817 y 1819. En su diario queda patente el estado caótico de estas comarcas azotadas por la violencia, donde la autoridad cambiaba constantemente de manos o, por momentos, no existía, y cada quien debía defenderse como podía contra cualquier agresión o crimen.

Escribía, en febrero de 1819: “Hubo entonces un período de completa inacción, de considerable duración, durante el cual la hez del populacho de la provincia entera, acostumbrada durante siete años a las turbulencias de la guerra civil, se unió a los desertores del ejército, muchos de los cuales permanecían ocultos en las montañas, se desparramaron en todas direcciones, cometiendo sus fechorías sin impedimento alguno ni temor de ser castigados”.

Es fácil de comprender que era muy tenue la línea que separaba una operación con fines bélicos de una mera incursión de bandoleros, que podían utilizar los nombres del rey o la patria como meras excusas para sus tropelías. Era la encarnizada "Guerra a muerte”, como la llamó Vicuña Mackenna, que había seguido a la etapa de las batallas libradas entre ejércitos regulares por la Independencia, una lucha bastante poco atendida entre los grandes estudiosos, pero recordada en el inconsciente colectivo popular, puesto que fueron las clases humildes quienes más la padecieron.

 

Por el rey y la fe

 

Era, asimismo, el contexto en que comenzaron a darse a conocer los hermanos Pincheira a partir de 1817. Antonio, Santos, Pablo y José Antonio Pincheira eran originarios de la zona de Chillán, según una versión, o de la hacienda de Llocalemu, partido de Parral, según otra, donde su padre era administrador. En un principio trabajaron como inquilinos y Antonio, el mayor, llegó a ser cabo del ejército realista, y combatió en Maipo.

Después de esta derrota, volvió a sus tierras y comenzó sus correrías, arrastrando a sus hermanos, sin dejar de ser un convencido de la causa de la corona, de manera que no se les puede calificar de bandidos puros ni de una suerte de versión criolla de Robin Hood. Además, contaba con la protección de algunos hacendados de sus mismas convicciones.

La historiadora Ana María Contador, autora de un libro sobre esta banda, la destaca como un fenómeno de bandidaje social con arraigo popular de habitantes que conservaban su devoción religiosa y, como ya hemos señalado, seguían leales al rey.

De hecho, un rasgo curioso de los Pincheira fue su fervoroso catolicismo y el procurarse la asistencia de capellanes, lo que no obstaba a la crueldad que ostentaban en sus depredaciones, que se extendían entre las zonas de Colchagua y Chillán, aproximadamente. Utilizando su movilidad, se refugiaban en faldeos cordilleranos muy poco accesibles y se comprometían en enfrentamiento sólo si tenían ventaja sobre el enemigo.

Por ejemplo, cuando cayeron sobre San Carlos, el 4 de enero de 1820, encontraron la ciudad inesperadamente bien guarnecida, lo que no les impidió actuar mientras estuvieran fuera del alcance del fuego adversario, quemar el pueblo y retirarse con un botín de mujeres y especies varias.

Tampoco calza con ellos la imagen de una horda caótica ya que, si bien sus efectivos eran variables, tenían una organización jerarquizada; no podía ser de otra manera, si su enemigo era el Ejército chileno, y además, sus filas se nutrían en parte importante de ex soldados, tanto realistas, naturalmente, como desertores patriotas. Además, sus efectivos llegaron a ser numerosos para los estándares de la época, que oscilaba entre varios cientos y un millar.

Para principios de 1823, la lenta pacificación y limpieza de guerrilleros-bandidos se notaba y, como escribe Vicuña Mackenna, “sólo los Pincheiras infundían serias inquietudes porque, por lo mismo que sus guaridas eran casi inexpugnables, iban acogiéndose a ellas todos los dispersos de los encuentros parciales de la Araucanía y todos los malhechores que había creado la guerra a muerte entre el Bio-Bío y el Maule”.

En mayo de 1823 fue también el de la muerte del cabecilla, Antonio, lo que significó una dispersión de sus masas, las que, sin embargo, fueron reorganizadas y capitaneadas por su hermano Santos, por breve tiempo, ya que él también falleció poco después; después de éste, tomó las riendas Pablo por lo que duró la banda organizada. Es decir, casi una década.

 

Bandidaje puro

 

Aunque ya hayamos explicado que se trataba de un tipo de bandolerismo especial y particular de Chile, a la larga se fue haciendo cada vez más evidente que su devoción a la causa realista ya era un mero pretexto. Más aún cuando siguieron en actividades después que cayera Chiloé, el último reducto de la corona hispana en suelo chileno, en enero de 1826.

Su radio de acción incluso se amplió al otro lado de la Cordillera, con incursiones hacia las zonas de San Luis, Córdoba, Santa Fe y Mendoza, en Argentina. En esta última, el gobierno local incluso se vio obligado a pactar con José Antonio Pincheira en julio de 1829, concediéndoles un botín y reconociéndole autoridad y grado de coronel.

El grado de crueldad tampoco decrecía. Ejemplifica el historiador Francisco Antonio Encina: “Se les vio muchas veces dividir el cuerpo de niños de corta edad, arrancados al regazo de sus madres, sólo para probar el temple de sus sables. En 1824, una partida asaltó la aldea de Niquén, se llevó a las jóvenes, encerró en la capilla a catorce mujeres ancianas y les prendió fuego”. Mucho peores, por cierto, que los bandidos de utilería televisivos. Por esto se entiende que, a esas alturas, si contaban con la ayuda de la población no era por lealtades monárquicas, sino por temor a las más atroces represalias.

El número de expediciones que el Gobierno chileno había mandado contra ellos fue abundante, pero ninguna había logrado un resultado decisivo; estos bandidos sólo atacaban por sorpresa y sobre seguro, y en caso de peligro, simplemente se retiraban a sus remotos refugios; en otros casos, los Pincheira habían atacado, y a veces exterminado, destacamentos o guarniciones de pueblos pequeños. En todo caso, es significativo el resultado de una de estas expediciones, a cargo del general Manuel Bulnes, quien logró rescatar, en el verano de 1828, nada menos que 900 caballos, 500 vacas, 6.000 cabezas de ganado lanar y 300 jóvenes de ambos sexos, mantenidos en cautiverio.

El mismo Bulnes, quien posteriormente sería el vencedor de la batalla de Yungay de 1839 y Presidente de la República en 1841, logró dar el golpe decisivo a esta familia bandolera, durante el gobierno de José Joaquín Prieto. Al mando de 900 hombres salió de Chillán, en enero de 1832, y adoptó similares tácticas de astucia y engaño, ya que fingió estar interesado en negociar con José Antonio Pincheira.

Pero el día 13, sorprendió a una parte de la banda, encabezada por Pablo, a quien ejecutó sumariamente, para luego dirigirse a Lagunas de Palanquén, campamento principal de la hueste bandolera, al día siguiente. Fue una nueva sorpresa, seguida no de un combate, sino de una mera matanza de malhechores, al tiempo que se recuperaba un enorme botín y nada menos que mil mujeres mantenidas cautivas, muchas de ellas desde su niñez.

Habían culminado quince años de depredaciones y desolación con José Antonio, el menor de los hermanos, prisionero. Tenía 30 años y era el menos despiadado del cuarteto. Fue indultado por el Presidente Prieto y siguió el destino de tantos revolucionarios, rebeldes y marginales: aceptó un cargo burocrático del Gobierno, y vivió apaciblemente el resto de una larga vida de más de cincuenta años. Falleció en 1884.

Aunque los Pincheira dejarían una huella indeleble entre quienes sufrieron en carne propia su brutalidad, sus descendientes y, en general, el pueblo chileno, no se repetiría un caso similar de bandidismo masivo, y con causas -o pretextos- de orden social o político. La criminalidad en los campos siguió siendo moneda corriente a lo largo del siglo XIX, pero más bien a un nivel individual o de bandas pequeñas, de no más de 35 individuos, a lo sumo, y mucho menos estables que la de los Pincheira.

Hasta el siglo XX aparecían individualidades célebres, como el “Huaso Raimundo” o el “Rucio Herminio”, este último llevado a la novela por el escritor aconcagüino Carlos Ruiz Zaldívar. Y a propósito, el bandidaje fue también una fértil inspiración literaria para autores como Manuel Rojas o Magdalena Petit, quien escribió, justamente, una novela sobre los Pincheira.

Un alzamiento campesino tardío fue la declaración de “territorio libre” y posterior matanza de Ranquil, Alto Bio-Bío, en 1934, pero este episodio responde a un cuadro político y social totalmente distinto.

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20/03/2004