sábado 27 de marzo de 2004

El patrimonio de trajes y textiles

La colección de prendas litúrgicas de la parroquia porteña de los Doce Apóstoles se caracteriza por la riqueza de sus bordados y por tener conjuntos completos.

Activo desde 1997, el Centro de Conservación Textil Patrimonial de Valparaíso (CCTPV), dependiente de la Escuela de Diseño de la Universidad de Valparaíso, realiza una labor inédita en nuestra zona, rescatando un aspecto específico de nuestro pasado, que nos abre una ventana a toda una forma de ser de la sociedad.

 

Vestuarios y textiles de uso religioso y civil, porteño y del interior, comprendidos entre los siglos XVIII y XX, son el área de estudio de esta entidad, cuyas cabezas visibles son las profesoras Patricia Günther y Angela Herrera. Sus resultados han sido presentados en exposiciones de reveladora belleza y riqueza.

 

 

Por Piero Castagneto

 

 

¿Cuántos de nosotros pensamos que una prenda de vestuario que usamos cotidianamente, sin ser excepcionalmente hermosa o cara, puede tener un valor en el futuro? No es lo habitual que guardemos la ropa que dejamos de usar -salvo casos excepcionales, como los trajes de novia-, y es fácil de entender. Lo que no siempre dimensionamos es que ese objeto de uso ordinario puede ser importante de conocer para nuestros descendientes, del mismo modo que no pensamos, en nuestro día a día, que estamos inmersos en la gran corriente de la historia, en la que dejaremos acaso una huella, por pequeña que esta sea.

Por ejemplo, por tosca, burda y humilde que haya sido, ¿a qué buen museo chileno no le gustaría tener una tenida de obrero, campesino o marinero de hace siglo, o siglo y medio atrás?

El rescate de fragmentos conservados en tela, de una vida diaria que hoy podemos admirar como testimonios excepcionales, es cosa habitual en los grandes museos de los países desarrollados, pero en Valparaíso también hay quienes algo tienen que decir al respecto. Ya lleva varios año una iniciativa de estudio, conservación y difusión de vestimentas de antaño, surgida en el seno de la Escuela de Diseño de la Universidad de Valparaíso, que ya ha dado resultados sorprendentes a partir de descubrimientos fortuitos.

La afortunada casualidad es que se establecieran vasos comunicantes con un estamento muy distinto de la sociedad, como es el clero católico local. Sucedió que, por el tradicional tono menor, discreto, en que transcurre la vida al interior de iglesias y parroquias, pocos o nadie que no fuesen los sacerdotes a cargo o perteneciera al entorno inmediato de estas entidades estaba enterado de que, a lo largo de años y años, en ellas se acostumbraba guardar los ornamentos y prendas de uso litúrgico que dejaban de usarse.

Y es así como, de forma imperceptible, paulatinamente, se fue acumulando un verdadero tesoro de casullas, estolas, capas, etcétera, bellamente confeccionadas y que de por sí formaban una colección que permitía trazar toda una línea de evolución de este vestuario y, por extensión, de los ritos y liturgias y la vida eclesial.

 

Hallazgos sorprendentes

 

El primero de estos descubrimientos se hizo, más específicamente, en la Parroquia de La Matriz en 1997, lo que fue un importante impulso para la constitución, ese mismo año, del Centro de Conservación Textil Patrimonial de Valparaíso (CCTPV), a cargo de las profesoras Patricia Günther y Angela Herrera. Su primera exposición se llevó a cabo en el Museo de Historia Natural, en 1998, y desde entonces no ha sido poco lo que se ha seguido haciendo, pese a las dificultades y limitaciones, de recursos, sobre todo, propias de nuestro medio.

Este montaje fue toda una revelación de ejemplares de sorprendente belleza y, como recuerda Angela Herrera, “con esa exposición nos dimos a conocer y llegaron más colecciones y solicitudes de atención a más colecciones”.

Por supuesto que, a propósito de este trabajo, cabe una refelexión sobre cómo se va ampliando la noción de patrimonio. Afortundamente, este término está dejando de ser asociado solamente a temas arquitectónico-urbanísticos para ampliarse a otras áreas, como el concepto de patrimonio intangible o estas reliquias textiles, tangibles aunque frágiles, que dan buena cuenta de un aspecto del devenir porteño de hace 100, 150 o más años.

Para ejemplificarlo, nada mejor que el caso de La Matriz: como edificio, el actual fue construido entre 1837 y 1842, pero como parroquia, su establecimiento se remonta a 1558, lo que explica que aún se conserven ornamentos litúrgicos incluso de fines del siglo XVIII. Y aunque no tenga relación directa con el tema, valga como acotación que La Matriz tiene un valor que va más allá de lo arquitectónico e histórico por conservar un Archivo Parroquial que se remonta a 1685, que es una importante fuente para conocer aspectos de la vida espiritual, demográfica y social de la ciudad.

Entre 1998 y 2000 se trabajó -exposiciones incluídas- con una segunda parroquia porteña, la de los Doce Apóstoles, que destaca por su riqueza en técnicas de bordados y en conjuntos completos de trajes litúrgicos, además de una colección más pequeña de los Sagrados Corazones del Barón, de vestuario de épocas más recientes. Se ha intentado hacer un catastro global de este tipo de objetos en las iglesias de Valparaíso, pero no todas han dado respuesta a esta inquietud.

A partir de 1999, el trabajo del CCTPV se extendió al interior de la región, comenzando por Curimón, donde se trabajó en su Museo Franciscano, reorganizando la exhibición de prendas, las que fueron sometidas a un proceso de limpieza, restauración y catalogación, al igual que las colecciones de los templos porteños ya mencionados.

En la práctica, las profesoras de este centro se han especializado en organizar salas de textiles de museos de acuerdo a una metodología, que incluye fotografías y fichajes de los ejemplares, así como su almacenamiento en condiciones adecuadas. “Los museos suelen tener inventarios generales, sin identificar materialidad y especialidad; nosotros vemos qué hay de textil y dar una estructura a una colección; no se trata de borrar lo hecho anteriormente, sino de incorporar otros elementos”, explica Patricia Günther.

 

No sólo prendas de culto

 

Este arduo trabajo con vestimentas eclesiales puede inducir al erróneo concepto de que la labor del CCTPV ha sido unilateral, orientado solamente a este campo. Muy por el contrario, sus actividades también abarcan el campo más amplio de vestuario civil, sólo que en este caso su conservación es más difícil y depende de circunstancias más azarosas que los ornamentos de culto, por las razones ya explicadas.

Dichas coincidencias fortuitas tienen que ver, al menos en lo que a la experiencia de este centro respecta, con la conservación de vestuario antiguo en colecciones privadas o en desvanes familiares.

Las asesorías son especialmente importantes en el caso del vestuario civil, que este centro ha recibido por medio de cesiones en comodato de diversas colecciones. Estos son los casos de la colección Mundt-Flühmann, familia porteña de origen suizo-alemán, que se trasladó a Viña del Mar después del terremoto de 1906; la sucesión no tenía cómo conservarla y se contactó con el CCPTV. Descubierta casualmente, es un conjunto de vestuario civil de principios del siglo XX y también incluye juguetes del '900, que fueron expuestos el 2001. Otro caso es el de Roberta Baudoin, coleccionista de trajes de los años '50 y '60, que los entregó al centro por razones de viaje, en tanto que la colección Cornejo Fuller consta principalmente de vestuario de masculino y femenino.

Otro ámbito, totalmente distinto, de este centro de conservación, es el estudio de técnicas textiles vivas, actualmente vigentes en artesanos de telares de Colliguay y Valle Hermoso, La Ligua. Es un trabajo que tiene tres fases: primero, investigación, para descubrir si hay valores; enseguida, reinsertar esos valores y hacer un proyecto para actuar con quienes son dueños de ese patrimonio; y la tercera etapa es que el tejido de punto que se hace en La Ligua y que le da fama, también se potencie.

Patricia Günther explica que con ello también se busca contribuir a fortalecer la identidad regional, sin alterar de ninguna manera el modo de trabajo que allí se realiza: “Estamos tratando de que los propios artesanos valoren lo que hacen, porque están escondidos, las autoridades no los reconocen y ellos tampoco tienen la suficiente autoestima, no se valoran; entonces, también es una tarea educacional, de volver a creer en sí mismos”.

 

Conservación y difusión

 

Estas investigadoras explican que cuando llegan objetos a sus manos no se los juzga y se trata de conservar todo, porque ellos llegan descontextualizados, y la búsqueda de mayor información sobre ellos es un arduo trabajo. Entonces viene el correspondiente proceso de investigación y documentación, que implica, por ejemplo, en el caso de las prendas para el culto, desde su nomenclatura y ocasiones ceremoniales en que se usaban, hasta las técnicas de bordados en hilo y plata.

Angela Herrera aclara: “Nosotros no tomamos los objetos por sí solos, sino en todo lo que conlleva a la creación de ese objeto. Por ejemplo, en un período, todos los objetos litúrgicos eran importados, lo que lleva a una serie de deducciones sobre la falta de manufactura, etcétera. Pero el vestuario de la colección Mundt-Flühmann, es todo hecho en Valparaíso, y tras una investigación, nos dimos cuenta que a principios del siglo XX el gremio de los sastres y modistas era fuerte, y efectivamente se confeccionaba bastante ropa”. Y destaca que “la misma gente del entorno nos recomienda”; es así como han recibido solicitudes de asesoría al Museo del Templo Votivo de Maipú.

Explica Patricia Günther que la conservación puede tener tres aspectos: la preventiva, la curativa y la restauración, y lo que se procura es hacer conservación preventiva. La curativa se realiza cuando los objetos están muy dañados, por ejemplo, cuando hay una polilla viviendo dentro de una prenda. La conservación ha sido, hasta ahora, en un plano básico, de estabilizar las piezas para frenar su deterioro y facilitar su conservación en el tiempo.

El paso siguiente es la catalogación, etiquetación y almacenamiento; eso sí, aún no se ha avanzado en una intervención con el fin de restaurar objetos dañados, pero con los métodos de trabajo actuales, al menos se detiene el deterioro.

Por su parte, Angela Herrera hace presente que se ha evitado otro riesgo: “Gran parte de lo que se ha encontrado corría el peligro de dispersarse, de perderse como conjunto; al obtener que nos cedan estas colecciones en comodato, hemos logrado una cosa básica: que se mantengan como unidad. Cuando las piezas se dispersan, por ejemplo, al venderlas a un anticuario, pierden su contexto, y por ello, su razón de ser. El objeto sigue siendo interesante en sí mismo, pero ya no por la carga informativa que tiene detrás”.

Además de las exposiciones, el CCPTV ha desarrollado programas educacionales dirigidos a escolares con vestuario civil de las colecciones que conservan (1900, 1950 y 1960), y talleres didácticos con representaciones teatrales donde se unía la historia con conceptos de conservación; en este sentido, se estima que cuando se está difundiendo el tema, también se está realizando una labor de conservación.

“Queremos que la gente, en especial los estudiantes, tomen conciencia de que cada uno puede hacer, a su propio nivel, conservación; no nos hemos remitido a conservar y traer objetos acá. No nos interesa llenarnos de trajes, y si alguien no tiene la capacidad de conservarlos, tratamos de dar a las personas el conocimiento y las herramientas para que esas personas lo hagan”, explica Angela Herrera, apuntando a las nociones básicas que se enseñan a estos públicos.

De todo lo dicho resulta evidente que éste es un tema específico, pero que permite llegar a conclusiones más generales sobre nuestra sociedad en otras épocas, desde cómo se pensaba, qué cánones morales estaban vigentes, hasta los detalles de la factura y el oficio de quienes confeccionaban estos vestuarios. En definitiva, saber algo más de una forma de ser y una identidad.

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27/03/2004