sábado 22 de mayo de 2004

Los españoles y el 21 de mayo de 1879

Fase inicial del combate de Iquique, croquis de Feliciano Batlle publicado, al igual que otros que aparecen en este artículo, en la revista “La Ilustración Española y Americana” de Madrid, durante 1879.

 

Por Piero Castagneto

 

Cuando se menciona a la participación de extranjeros en la Guerra del Pacífico y su campaña naval, nuestra mente suele asociarla a combatientes que tomaron parte en este conflicto, ya sea por adhesión a los ideales del bando que escogieron, o bien, por mera aventura o por ser parte de la masa multinacional trashumante que componía las tripulaciones de los buques de guerra y mercantes de la época. Este último es el caso de la marinería foránea de la “Esmeralda” y el “Huáscar”, por mencionar ejemplos bien conocidos.

Pero nos hemos fijado en la relación de los súbditos españoles con el Combate Naval de Iquique y los acontecimientos que lo rodearon porque de ellos cumplieron un rol distinto al de luchar. Existen tres nombres que merecen ser recordados en su calidad de espectadores excepcionales de los hechos, de los que dieron testimonio a través del relato, la ilustración y la acción humanitaria. Testimonios que son implícitos homenajes a los que allí lucharon y murieron, razón más que suficiente para que los honremos, a nuestra vez, trayéndolos al recuerdo.

Se trata del cronista Jaime Puig y Verdaguer, del ilustrador Feliciano Batlle y del comerciante Eduardo Llanos Nava, quien sepultó los restos del capitán Prat, del teniente Serrano y del sargento Aldea, una vez concluída la acción. Este último es el más conocido, pero hay que apuntar que la actuación de cada uno de ellos tiene su propio valor específico, que se acrecienta si se intenta amalgamar como lo haremos a continuación.

Una mirada imparcial que no obsta a una intensidad emocional, se hace aún más significativa por el estado en que pasaban las relaciones entre las repúblicas sudamericanas del Pacífico y la Madre Patria en 1879: Todavía estaba fresco el recuerdo de la Guerra de 1864-66 y en especial el bombardeo de Valparaíso, para los chilenos, y el combate del Callao, para los peruanos. No existían relaciones diplomáticas entre éstos y aquélla, pero la distancia oficial no obstaba a que pervivieran los lazos entre los pueblos, como lo probaría este trío de hispanos, que sentiría de cerca esta guerra que les era, en principio, tan ajena.

Centrémonos en primer término en el catalán Jaime Puig y Verdaguer, quien era cónsul del Ecuador en el puerto entonces peruano para 1879, publicó sus “Memorias del Bloqueo de Iquique”, editadas por primera vez en Guayaquil, en 1910, recopilación de diversos artículos sobre el tema, que será el hilo conductor que nos guiará en las líneas siguientes.

Su estilo de escritura es romántico a la vez que lleno de referencias de la antigüedad clásica, por momentos artificial y pretencioso, pero a ratos capaz de dar con el tono adecuado al carácter épico de los hechos y personas que retrata; por otro lado, también hace patente su dominio de la terminología marinera, como cuando describe la entrada de la Escuadra chilena el 5 de abril de 1879, que llega a Iquique a establecer el bloqueo.

El encargado de notificarlo oficialmente a las autoridades peruanas, quien puso pie en tierra sin escolta alguna, no era otro que el capitán Arturo Prat, descrito así por esta pluma mediterránea: “Tendría a la sazón 28 o 30 años sobre poco menos (en realidad, acababa de cumplir 31); era de estatura más bien alta que regular, unos ocho codos le calculé desde la coronilla a las plantas de los pies; todo en él era bellamente proporcionado, usaba barba negra como el azabache, ligeramente partida en el centro y cuadrada; ojos garzos, mirada inteligente y sugestiva, y velada por unas magníficas cejas que guarnecían graciosamente los arcos siliares de aquel rostro varonilmente amable y simpático”.

 

Aquel miércoles inolvidable

 

Ya rotas las hostilidades entra en acción otra pluma, esta vez de un ilustrador llamado Feliciano Batlle, de quien tenemos escasos antecedentes. Sus dibujos y bocetos eran reproducidos en forma de grabados en la revista semanal “La Ilustración Española y Americana”, de la que era corresponsal. Al parecer, conocía a Jaime Puig, puesto que algunas de estas ilustraciones aparecen enviadas por ambos; tal vez haya residido en Iquique o, al menos, pasaba por allí, trasladándose en los vapores de países neutrales.

A modo de disgreción, acotemos que dicha revista hispana, que llegaba con cierto atraso a las costas del Pacífico, de manera que nuestros antepasados que vivieron la Guerra del "79 formaron parte de su imagen del conflicto gracias a los bosquejos de ésta y otras revistas que incluían a este conflicto bélico entre las noticias que informaban con grabados de fina elaboración.

Entre los primeros bosquejos de Batlle publicados en este periódico madrileño, se hallan dos del Combate Naval del miércoles 21 de mayo de 1879, donde las masas de la “Esmeralda” y el “Huáscar” aparecen más bien empequeñecidas en el medio de la espacialidad de la bahía iquiqueña y los cerros desnudos de vegetación o población.

Volviendo de la ilustración al texto, retomemos la relación de Puig y Verdaguer, quien describe el amanecer de aquel día como de mar cerrada y ligeramente nublado, aunque después despejó. Desde temprano se advirtió una agitación jubilosa en la población peruana, al saberse de la llegada del ariete blindado “Huáscar” y la fragata acorazada “Independencia”: “¡Viva el Perú!” y “¡Ahora sí, ahora sí!”, eran algunos de los gritos que se escuchaban. Este autor disfrutaba de una visión privilegiada, pues se ubicó en la torrecilla mirador del edificio de la Aduana, que aún se conserva. Así describe cómo vio el abordaje de Prat, tras el primer espolonazo del “Huáscar”:

“En el mismo momento del espantoso choque vióse a un gallardo oficial que espada en mano, brillante como una centella, saltaba desde el castillo de popa sobre el lomo de aquel Proteo del mar, haciendo flotar en el aire los faldones de su marcial levita, elegantemente ceñida sobre el arrogante cuerpo.

“Detrás de él saltó otro hombre, como él denodado y como él decidido. Y ninguno más.

“El “Huáscar” mandó atrás rápidamentey se desprendió, evitando así más asaltos”.

Por ser ésta una de las narraciones más calificadas que nos han llegado de este hecho de armas, muchas son las descripciones de acción o reflexiones que podríamos citar, por lo que tan solo reproduciremos algunas breves pinceladas. A nuestro narrador le llamó la atención la llamada constante del clarín de órdenes de la “Esmeralda” que, como lo anota de tanto en tanto, nunca dejó de sonar, y que los tripulantes se mantuviesen porfiadamente en sus puestos a no ser que cayeran muertos; es decir, su simpatía natural por la tierra peruana donde vivía no le impedía reconocer el valor chileno.

El combate, cuyos disparos hacían temblar la tierra y los edificios y se amplificaban en el anfiteatro de los cerros, tocaba a su fin y, tra el tercer espolonazo del “Huáscar” la “Esmeralda” comenzaba a hundirse rápidamente, pero –destaca Puig- sus cañones no cesaban de disparar:

“En ese instante la corbeta hizo un majestuoso movimiento de oscilación, se inclinó un poco sobre estribor y la proa desapareció bajo el agua levantándose mucho la popa. Aquella cubierta formó un plano inclinado de 22 grados más o menos, en el cual es difícil de sostenerse un hombre de pie, y sin embergo, aquellos héroes, aquellos heridos, arrastrándose por medio de una gimnasia misteriosa, disparaban las piezas ¡¡a medida que se iban sumergiendo!!”

 

El humanitario asturiano

 

Los cadáveres del capitán Prat, el teniente Serrano y el sargento Aldea fueron desembarcados del “Huáscar” en la tarde de aquel miércoles 21, y dejados expuestos en la vía pública, en la calle situada entre el Muelle y la Aduana. Dos soldados impedían que fuesen vejados por el populacho, pero de todas formas era una situación indigna para combatientes que habían sacrificado la vida por su país. Y, lo que es peor, ninguna autoridad peruana pareció pensar en tomar una medida decorosa; por lo tanto, el destino de estos marinos parecía ser la fosa común donde sus restos se confundirían y perderían, de forma tal que sería imposible para las generaciones posteriores de su pueblo preservar sus restos y honrarlos de la manera que merecían.

Tal vez el asturiano Eduardo Llanos no haya pensado en la posteridad, pero sin duda que se sintió conmovido por sentimientos aún más elementales y ajenos a sentimientos nacionales, como la piedad la dignidad humana; por ello encabezó la iniciativa de darle una sepultura adecuada. Es de suponer que su condición de súbdito de un país neutral y la posición que ocupaba en la sociedad iquiqueña hizo que no tuviese problemas en obtener los permisos correspondientes de las autoridades peruanas.

La prueba parece hallarse en la rapidez con que se realizó la sepultación, en la mañana del jueves 22. Colaborador más cercano a la tarea autoimpuesta por Llanos fue don Benigno Posadas, también español, de quien Puig y Verdaguer destaca su bondad y describe como un “gallego de mucha distinción”. Estos tres españoles, más otros residentes extranjeros, completaron la comitiva que llevó los ataúdes con los restos de los tres combatientes chilenos desde la Aduana hasta el cementerio; Puig menciona a Prat, Serrano y “dos o tres más”, siendo uno de ellos sin duda el sargento Aldea y permaneciendo como un misterio la identidad del o los restantes.

Marcharon con los ataúdes llevados en carretas, dignos, mudos e inmutables, pese a algunas miradas y gestos burlescos de los transeúntes peruanos con que se toparon, hasta salir del radio urbano, hasta llegar a “el cementerio más triste del mundo”, como asegura Puig, “sin cipreses, sin flores, sin verdor, todo árido, todo polvoriento y cálido todo”. Allí contempló por última vez la faz del capitán Prat, “lívida como la amarillenta cera de un velón” y con una profunda herida en la sien, y le tocó escribir con tinta negra, sobre una cruz improvisada: “Arturo Prat Mayo 21 de 1879”.

Las memorias del bloqueo de este testigo también abundan en detalles sobre la vida cotidiana iquiqueña durante el bloqueo chileno, reanudado pocos días después. Así, quedan consignados desde los racionamientos obligados hasta las melancólicas canciones andinas entonadas por los soldados peruanos, pasando por la instalación del campamento “Lepanto” en los altos de la ciudad, iniciativa de los comerciantes españoles e italianos para ponerse a resguardo de las granadas de los bloqueadores.

De estos detalles también existe un correlato gráfico, en la forma de bocetos publicados en “La Ilustración Española y Americana”.

Los temores que llevaron a establecer dicho campamento probaron ser fundados pues la noche del 16 de julio se produjo un confuso tiroteo desde tierra, que hizo que la Escuadra chilena bombardeara la ciudad; Jaime Puig remitió un elocuente bosquejo de este episodio a la mencionada revista.

 

Epílogo de gratitud

 

Poco después, Jaime Puig abandonó este puerto para embarcarse rumbo a su patria con los recuerdos de lo vivido en la mente, que posteriormente vertiría en el papel; no mucho después, el 2 de agosto, el contralmirante Williams Rebolledo resolvió levantar el bloqueo de la Escuadra chilena, y sus buques levaron anclas rumbo a Antofagasta.

Un epílogo para la historia de estos españoles y su testimonio del 21 de mayo de 1879 se vivió a fines de noviembre de dicho año cuando, ya capturado el “Huáscar” y en plena campaña terrestre de Tarapacá, las fuerzas chilenas ocuparon pacíficamente Iquique, que había sido previamente abandonado por su guarnición peruana.

Una de las primeras medidas del nuevo gobernador chileno, el capitán de navío Patricio Lynch, fue el nombramiento de una nueva junta municipal, entre cuyos miembros estaba don Eduardo Llanos, lo que por sí constituía un reconocimiento implícito a su labor de piedad para con los restos de Prat, Serrano y Aldea. La gratitud de nuestro país se fue explicitando aún más; una moción presentada en la Cámara de Diputados el 15 de diciembre de 1879 para erigir un monumento a Prat, incluía un artículo para la confección de una medalla de oro, como reconocimiento a la conducta del asturiano.

Llanos no estuvo presente en la ceremonia de exhumación de los restos de Prat en Iquique, el 4 de mayo de 1881, pero los datos por el proporcionados hicieron fácil la tarea de reconocerlos, incluyendo el detalle de la sábana con las iniciales “E.Ll.” que había servido de mortaja al capitán de la “Esmeralda”. Dedicado al negocio salitrero, este caballero asturiano residió en Santiago y después en Londres, y finalmente retornó a su España natal, donde falleció en 1927.

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22/05/2004